abril 22, 2017

TRAINSPOTING 2: Disfruta de tu pedazo de pizza rancia en el fondo del congelador

Qué rancio se ha puesto el pedazo de pizza en el fondo del refrigerador, qué vetusto y lamoso se ha tornado Dany Boyle. 

Pero afrontémoslo: ni siquiera es la película, ni siquiera es el relato. Es la década, son los 90, la vergüenza de época en la que nos tocó madurar. Nada se puede esperar de esos años, unos años completamente vaciados de significado.

El muro de Berlín había caído. Era el fin de las utopías. Las preguntas más fundamentales se habían hecho en los 60. Todos esos cuestionamientos sobre la identidad, la ecología, el sistema político y demás temas pertinentes, ya no tuvieron cabida más. The Wall las había puesto en crisis y de alguna manera las había agotado en el supermercado de los fotogramas y del rock and roll. 

Los 70 fueron entonces una década cool. 

Qué orgullo daba, da, decir: Yo vi a The Wall en los 70 y me voló la cabeza. 

Era un buen empaque de diletantismo existencial donde la languidez del poema rockero calaba y calaba hondo.  Una nostalgia ajena en todo caso, porque no era propia, era una nostalgia, de los padres de los contemporáneos, extranjeros.

 The Wall, entonces, era una película todavía de posguerra, nada más lacónico y romántico que ello. Te daban ganas de tomarte una cerveza y tertuliar, los últimos estertores de una bohemia ajena. El nihilismo tenía aplicabilidad. 

Viendo Trainspoting 2, en cambio, nos reafirmamos en una vergüenza. La película que nos recomendó una noviecita de turno y a la que pedimos repetirse con nosotros, ya no dice nada: refleja. Proyecta ese existencialismo absurdo del viejo madurado biche, que vio pasar sus años tirado frente a una pantalla bien sea de TV y/o de computador: una exacerbación del individualismo que no alcanzó sino para terminar viviendo en ciudades extrañas, volviendo a casa a solas y dialogándole a la nada como un estúpido frente a un teléfono celular y, en el peor de los casos, frente a un ordenador, gritando como un obseso por Twitter. 

Eso es Trainspoting. Eso fue. La afición a ver pasar trenes. Vaya tontería. Ya ni siquiera la planimetría audaz del director puede subsanar una angulación errada de los tiempos. 

Los golpes de efecto seguramente van a conmover a los más jóvenes como lograron impresionarnos en los 90 los beats frenéticos de Iggy Pop (en mi caso, debo decirlo, fue el coñac. Si no me hubiera metido ebrio a ver Trainspoting en una fría sala de Bogotá, la película me hubiera parecido tan insípida como me parecen todas las películas que tocan el tema de las drogas). Adelante, Kurt, vuélate la tapa de los sesos: eres pura basura blanca norteamericana. 

Sin embargo, lo revival vende, quien lo duda. 

Trainspoting va a tener odas de admiración por su aspecto  de falso vintage. Yo mismo me emocioné por la suerte de Spud y Rent en unas líneas dramáticas pobremente delimitadas. 


También cabe resaltar ciertas resonancias juanrulfescas del personaje de Spud, viendo pasar el fantasma de sus amigos, corriendo a toda velocidad por las calles adoquinadas. Considero que ese sólo gesto paga la boleta. Una sutileza sólo para iniciados. Un fantasma viendo pasar a sus propios fantasmas.

 Quién más fantasma que un escritor incipiente. Spud, definitivamente se lleva todos los aplausos. El protagonista de Trainspoting 2 no es Rent, es Spud.  No es el personaje mejor logrado, tampoco el más fuerte, ni el más trabajado, pero sí el más enternecedor. El universo  según Spud. La vida, el amor y la amistad según Spud. En eco. Con ese efecto Cathedral que traen los software de Final Cut para filtrar ciertos audios y dar ese aspecto sugestivo y misterioso que da el paso de la realidad a los sueños, de la vida a la muerte. Spud sobrevive, entonces, a otro suicidio. Es el epítome del regreso a los orígenes por excelencia. Quienes tenemos el privilegio de tener una ciudad, ese Comala adonde volver, estaremos enfrentados a ecos fantasmales de una admiración que espanta. Tal como le pasó a Spud en su propio Comala personal. 
¿Cómo puede una cinta tan mala, tener guiños tan magistrales como el anterior? Por solo 30 segundos, Trainspoting se convierte en un canto épico de milonga porteña, la nostalgia gaucha de un Carlos Gardel visitando las nieves del tiempo.

Es acaso la saga Trainspoting un adecuado malabar de edición y montaje.

Puro formalismo insulso de una cultura destrozada por la estética de MTV.  I´ts only rock and roll, but I don´t like it anymore, not like that, and not in my backyard.

 El buen cine no necesita de esas cosas, me dice un profe de la U, al que hice salir de la fila, uno que está haciendo un doctorado en Cronistas de Indias, algo grosso, en verdad importante:

YO:  - Y ¿vos qué hacés haciendo fila pa esta película?

ÉL:  - ¿Es muy mala?

YO:  - Es cine epidérmico, cero profundidad. Pura comida chatarra para la mente. Un festival de pirotecnia.

ÉL: - Uy, no: yo me voy a ver qué están dando en la Cámara de Comercio, el buen cine no necesita de artificios, de esas cosas.

Si Rodrigo D fue un pedazo de chicharrón crudo, (que un punkero podrido de Aranjuez llegó a comerse a las 2 de la mañana), Trainspoting 2 es una malteada de fresas en el Burger King más chichipato de Brooklyn, el pedazo de pescado más escamoso en los bajos fondos de Long Island City.  

Icónicas, ambas películas en cualquier caso, las dos. Pero el rock ya era estandarte y estupidez antes. El pop lo es más. Así es: como relato generacional somos una mierda. 

Así, negar a Trainspoting, es negar también a un montón de gente. Un montón de gente y sucesos y sentimientos que no debieron ser en tu vida. Es negar una generación que nunca debió de ocurrir, pero que existió. Un desvío de la historia para mal. 

Negar a Trainspoting es negar un montón de almas que te la recomendaron, es negar cierto tipo de literatura y de visión de la vida. En los estertores de un mundo en ruinas, nada mejor que relatar la periferia, el outsider.  Qué patéticos se vuelven nuestros personajes. 

Se le abona a la cinta el pagar una deuda histórica con The Clash y Blondie, dos bandas que no debieron faltar en la primera parte, en el Trainspoting de los 90. Yo también hubiera hecho una segunda parte, nada más que para pedir perdón por los datos musicales omisos.

Los primeros 5 minutos de la película son magistrales. (Pare de contar). A mí me los arruinaron un par de novios
de esos que suelen ir al Colombo y que no paran de hablar.


Ahora, es hora de darle la razón al gran crítico de cine, Pedro Adrián Zuluaga, cuando una mañana fría de Juguitos, en la Universidad de Antioquia, me dijo: ese Dany Boyle es pura bazofia.