febrero 26, 2009

APOCALIPSUR, Dir, Javier Mejía

Anteriormente había publicado varios textos sobre Apocalipsur, pero no míos. De otros, porque yo no la había visto. Ayer fue el día. Miércoles. Miércoles pop.

Hace tiempo quería reseñar en este blog a esta galardonada y muy colombiana película de Javier Mejía, no solo por toda la cantidad de yiro que tuvo durante su promoción, sino también por la cantidad de pasiones que ha despertado entre gente que conozco y que se han encargado de desprestigiarla.

Javier Mejía, tanto como su ópera prima Apocalipsur, han entrado al universo mítico de aquellos artistas de mundillo, de quienes te enteras de su vida privada tanto como si los conocieras personalmente o como si fueras amigo de ellos toda la vida.

Siempre habrá en los Madriles de cada microcosmos un par de amigas tuyas que se fumaron un porro con Andrés Calamaro o que se habrán acostado con Joaquín Sábina de pura casualidad o de puro enrumbe, solo por pasar el fin de semana.

También habrá un puñado de espontáneos en estos países cholulistas que digan que fueron compañeros de colegio del artista de turno, o que viven en su mismo barrio, o que frecuentan el mismo bar que ellos frecuentan.

En el caso de Mejía, puntualmente, aparte de todos los anteriores, también conozco un montón de amigos íntimos (un "montón" son más de diez?) que siempre le han tenido una profunda a envidia a este director de origen antioqueño y que sus consuetudinarios triunfos los han hecho ponerse verdes de la rabia, mientras profieren toda una sarta de mala leche contra su obra.

Lo cierto de todo esto es que Javier Mejía hizo la película que quisieron hacer muchos en Medellín, esa segunda parte de La Bicicleta Ácida que tantos intentaron en la ficción, pero que a tan pocos les salió en la vida real, o les salió chueca, o que nunca se regó en boca-a-boca alguno.

Hablo de todos esos sollaos' que tuvieron sus años más alebrestados en el bar "Selva" de Medellín y que ahora han devenido a realizadores de segunda categoría o a profesores universitarios barrigones, alcohólicos, con dos o tres libros de poesía en los estantes de una entidad burocrática.

Cuántas veces vi a estos coca-colos de siempre tratando de recrear la escena de un pogo en sus experimentales cortometrajes? Muchas. Muchísimas. Parece que el slamdance los hubiera hecho entrar en contacto con alguna revelación sociológica de nuestro medio, expresada en el acto de ser un agüebardo de barrio que se va a dar golpes contra las paredes, mientras escucha un London Calling guasquilandero.

Sí, en efecto, Apocalipsur es la historia del típico combo de los agüevaos' de barrio, a los que les hubiera gustado volverse malosos en la época de Pablo, pero que no tenían los cojones suficientes para lograrlo. Entonces descubrieron que había vida más allá de la coca, o más acá, o en los confines, en los bordes, por los laditos, para no quemarse la lengua con esa sopa tan caliente.

A ciencia cierta, Apocalipsur, (es muy distinto decir "la película de Javier" a decir: "Apocalipsur"), es mucho más que un pogo, pero a veces te da la sensación de que es una de esas experimentaciones en video que se hacen como pretexto para poner una banda a meter bulla sobre un escenario. No culpo a todos los que la odian. Todos ellos tienen razón y la tienen de sobra. (Desde que llegué a Colombia, todo lo que he escuchado son pestes contra la película de Javier Mejía, por parte de directores consagrados y amateurs por igual).

Como experiencia argumental es un bodrio, una sarta de costumbres sociales, empacadas bajo un muy bonito moño de cultura popular jesuita. Como experiencia documental artística no hay mucho de donde agarrar tampoco, los personajes se la pasan gritando todo el tiempo como si fuera una de esas películas italianas de Roberto Begnini. En realidad gritamos tanto los paísas? Bueno, por lo menos en Apocalipsur no hay sosiego. No hay un solo minuto de arte contenido en toda la obra.Si no gritan ellos, grita la banda sonora, grita el paisaje. Los personajes están desesperados, necesitan expresarse. Es la última sensación que vos, como espectador, te llevas al final. Que todos eran un reprimidos, unos histéricos, y que siquiera salieron del colegio para poder relajarse.

Sin embargo, Apocalipsur me gusta y me gusta harto, me gusta hasta el punto de lamentar con lástima que la haya visto tan poca gente.Ojalá hubiera más productos en la televisión como estos. Con una defensa de una ética de la inocencia disfrazada. Este tipo de cultura nerd merece que se vea más en los medios. Ser nerd es cool. En un país de aviones, que bien viene ver esa cosa tan gringa, de tanta defensa de los valores cristianos, de gente que se crea lista y no lo sea. Los personajes no logran emocionar, pero la utilización del lugar común y del estereotipo es perfecto. Memorable la escena-homenaje a The Wall en la secuencia de la afeitada. La utilización de leitmotives es insuperable, cargado de simbolismos abiertos, una iguana, una canción y una muletilla que te quisieras llevar a casa, como esa historia de amor del típico man que le gusta una pelada toda la vida, hasta que ella le para bolas: "Alegría, alegría, alegría".

Apocalipsur, una película con la que es difícil conectar y que poco emociona, pero como dicen sus realizadores todo el tiempo en el detrás de cámaras: funciona, funciona.