agosto 30, 2017

Quien sabe, nunca enseña

Ay, las mujeres. Al fin y al cabo, seres humanos.

Ay, los libros: al fin y al cabo, escritos por humanos.

Adonde quiera que los haya. 

Esta película que parece tratar el tema del poder y del amor, al interior de un grupo de mujeres, en realidad habla del papel de la educación y sus secuelas nefastas.

En realidad enseña el que menos se cree y, quien cree enseñar, siempre enseña mal. Por ejemplo, Yisus: nunca cogió una tiza, pero sus promotores no bien esperaron que lo crucificarán para ponerse a dar cátedra. 

Acá la historia de una mujer a la que los libros le han hecho mucho daño.  Una especie de Quijote, pero a lo mal. Toda la vida se ha pasado creyéndose el cuento de que la realidad es como se lan han pintado sus libros y la educación calvinista recibida en un claustro de una isla perdida a las afueras de Inglaterra. 

He ahí el meollo del asunto. La isla, el retiro.   El problema es aislarse, creerse que al conocimiento hay que meterlo en una burbuja de cristal y volverlo sagrado.

Lo que en principio puede tomarse como elitismo y selectividad, no termina siendo sino zona de confort. O sea: miedo.  Miedo a los otros y entre más distintos, más diversos, peor. Qué horror. Miedo a esa mundaneidad que tanto bombo suele recibir de parte de los intelectuales y tanto palo de parte de los espirituales.

Pero el mundo está ahí, mostrándonos la mejor biblioteca de todas. O sea: el otro.

Y nada mejor que el mundo nos lo muestre la otredad, sin palabras, cero elaboración lingüística, así sea con un desenlace fatal. 

En Cracks, sus protagonistas terminan yéndose en busca de ese mundo que le han vendido los libros, pero sin darse cuenta de que el verdadero mundo, el más real, ya lo llevan ellas por dentro.



Los libros son muy chéveres, nos ayudan a decorar la vida, pero en algunos casos, y en ciertas manos, los libros y la educación, pueden, suelen, hacer mucho daño. No es gratuito que en las universidades puedas encontrar las mejores y las peores almas de la sociedad. 


julio 05, 2017

El cine pasa y las almas quedan

Nos acabamos de encontrar con Carlos César Arbeláez, de pura casualidad, como suele suceder. Ahora fue en un ambiente más relajado, lejos de la euforia de Los Colores de la Montaña.

Por fin nos pudimos volver a tomar una cerveza con el amigo y no con el director de cine, algo que siempre evité. Creo que Carlos César ahora ya pudo entender que una cosa son los amigos del cine y otros muy distintos son los amigos de la vida.

Yo por fortuna, me considero de los segundos. No soy del cine, aunque quiero serlo. Nunca, pues, fui una autoridad para CC y Arbelaez sólo tiene amigos en el cine que sean una autoridad.

Es cómodo estar en esta posición, porque después del arte siempre va a quedar la realidad y entonces ya podremos hablar con el amigo abajo del pedestal.

Así lo hicimos hoy. Tinto, par de cervezas y todo sigue normal, porque el cine pasa y las almas quedan.

Mañana, jueves 6 de julio,  iremos con todo el amor del mundo a ver su segundo largometraje, en el teatro Lido.

Nunca habrá suficiente tarde para desatrasarnos con los amigos que hace muchos años no vemos. Algo se supo, anyway. Entre decenas de datos, el que más me llamó la atención es que el cine en Colombia si te puede salvar la economía, no te has de volver multi millonario, pero sí te podés asegurar una subsistencia a largo plazo. Se puede, como dice el político. Datazo. Sin necesidad de lagartear, sin necesidad de amplificar la voz de otros, sin necesidad de ponerse a dar clases de audiovisuales, (algo pa lo que no estudiamos, o sea: no estudiamos pa ser profesores, eso está claro, estudiamos pa cazar noticias, no una licenciatura en Pedagogía y Carlos ahora lo tiene más claro que nunca. Estudiamos periodismo).

Al final, en la vida de uno, sólo caen las amistades que están flojas. A veces nos llenamos de espejismos y reemplazamos las personas con otras personas, que nos parecen más convenientes. Pero hay personas que quedan en la vida de otras.  Las amistades sobreviven si son amistades verdaderas, como en un eterno presente simultáneo como en el cine: un fotograma enfrente sucediendo a otro fotograma.

Tal como en la la última escena de la película ´Y Tu Mamá También´, Carlos y yo hablamos de ella. Se tocó el tema y, como en los finales del hiperrealismo más puro, nos hemos de volver a encontrar, casual o no casualmente, en medio de marasmos de cotidianidad, en cualquier calle de Medellín.

Hoy agarramos cada uno por nuestros lados, nos dejamos ir por las calles y nos despedimos como nos despedíamos en los 90: ´Mañana, hablamos´. 


 



ESO QUE LLAMAN AMOR
Teatro Lido 
Miércoles 5 de julio
6: 30 pm


julio 04, 2017

Naúfragos urbanos a una edad correcta

Más allá de un película para jovencitos, Palo Alto es ese tipo de películas que se hacen para mostrar un sector, para tratar de captar el estado de ánimo de una periferia si se quiere. Películas que te llevan a dar un paseo por el barrio de turno.

Así como Suburbia de Linklater , Palo Alto usa a jovencitos como sus protagonistas, porque son ellos los verdaderos los verdaderos habitantes, son los que se patean las calles, viven vagando todo el día y de modo calljero a morir. En la adultez vos dejás de ser un habitante y si tenés carro, ólvidalo, no eres nadie, eres un animalito en una jaula. 

Nadie que viva montado en un carro puede habitar una ciudad. Una ciudad se habita caminando. Punto. 

Ser joven significa saltar a la calle, romperse los jeanes de tanto estar sentado en una acera, medirle la temperatura a una ciudad, a un pedazo representativo de ella.

 Palo Alto capta esto y mucho más, capta las sensaciones de tal vez la mejor época de la vida, para quienes tuvimos la oportunidad de ser unos naúfragos urbanos en la edad correcta.


junio 15, 2017

3 años de ES DOMINGO YNTAN

Variopintas lecciones. Son ya tres años después. Y hubo que escribir tres guiones más, después de YNTAN, para darse cuenta que la cosa puede funcionar en tono comedia, que hay madera para eso, que la vida da risa, que la vida es un chiste sin necesidad de contar chistes.


junio 11, 2017

Porque a todos nos llega la hora de meternos al baile

El cáncer es la gran metáfora. No voy a ingresar en el tema, pero sí decir que en el cáncer hay algo. Algo más que una enfermedad.

Por ello, posteo hoy una serie de TV,  a la que siempre volveré. Porque el país está sensibilizado en una semana donde el ministro Gaviria acaba de ser diagnosticado de linfomas.

Acá, Nate el protagonista, es un liberal muy psicorígido que hace deporte, que no bebe, ni fuma, ni mete perico, pero que es diagnosticado de un tumor en el cerebro.


Por eso vuelvo a él, por eso vuelvo a esta serie. Porque el caso del ministro Gaviria es más o menos similar, un tipo muy liberal, muy pilo y según sus propias palabras contenido, cansón.“Toda la vida responsable” y con un cáncer que no sólo da cuenta de él, sino de todo un contexto políticamente paradigmático del cual proviene.  






Por eso vuelvo a él, por eso vuelvo a esta serie. Porque el caso del ministro Gaviria es más o menos similar, un tipo muy liberal, muy pilo y según sus propias palabras contenido, cansón.“Toda la vida responsable” y con un cáncer que no sólo da cuenta de él, sino de todo un contexto políticamente paradigmático del cual proviene.  














Cuando uno quiere recordar que, de vez en cuando, llega el momento de dejar de mecerse en la hamaca y entrar a jugar el partido. Porque tarde o temprano, a todos nos llega la hora de jugar.

abril 22, 2017

TRAINSPOTING 2: Disfruta de tu pedazo de pizza rancia en el fondo del congelador

Qué rancio se ha puesto el pedazo de pizza en el fondo del refrigerador, qué vetusto y lamoso se ha tornado Dany Boyle. 

Pero afrontémoslo: ni siquiera es la película, ni siquiera es el relato. Es la década, son los 90, la vergüenza de época en la que nos tocó madurar. Nada se puede esperar de esos años, unos años completamente vaciados de significado.

El muro de Berlín había caído. Era el fin de las utopías. Las preguntas más fundamentales se habían hecho en los 60. Todos esos cuestionamientos sobre la identidad, la ecología, el sistema político y demás temas pertinentes, ya no tuvieron cabida más. The Wall las había puesto en crisis y de alguna manera las había agotado en el supermercado de los fotogramas y del rock and roll. 

Los 70 fueron entonces una década cool. 

Qué orgullo daba, da, decir: Yo vi a The Wall en los 70 y me voló la cabeza. 

Era un buen empaque de diletantismo existencial donde la languidez del poema rockero calaba y calaba hondo.  Una nostalgia ajena en todo caso, porque no era propia, era una nostalgia, de los padres de los contemporáneos, extranjeros.

 The Wall, entonces, era una película todavía de posguerra, nada más lacónico y romántico que ello. Te daban ganas de tomarte una cerveza y tertuliar, los últimos estertores de una bohemia ajena. El nihilismo tenía aplicabilidad. 

Viendo Trainspoting 2, en cambio, nos reafirmamos en una vergüenza. La película que nos recomendó una noviecita de turno y a la que pedimos repetirse con nosotros, ya no dice nada: refleja. Proyecta ese existencialismo absurdo del viejo madurado biche, que vio pasar sus años tirado frente a una pantalla bien sea de TV y/o de computador: una exacerbación del individualismo que no alcanzó sino para terminar viviendo en ciudades extrañas, volviendo a casa a solas y dialogándole a la nada como un estúpido frente a un teléfono celular y, en el peor de los casos, frente a un ordenador, gritando como un obseso por Twitter. 

Eso es Trainspoting. Eso fue. La afición a ver pasar trenes. Vaya tontería. Ya ni siquiera la planimetría audaz del director puede subsanar una angulación errada de los tiempos. 

Los golpes de efecto seguramente van a conmover a los más jóvenes como lograron impresionarnos en los 90 los beats frenéticos de Iggy Pop (en mi caso, debo decirlo, fue el coñac. Si no me hubiera metido ebrio a ver Trainspoting en una fría sala de Bogotá, la película me hubiera parecido tan insípida como me parecen todas las películas que tocan el tema de las drogas). Adelante, Kurt, vuélate la tapa de los sesos: eres pura basura blanca norteamericana. 

Sin embargo, lo revival vende, quien lo duda. 

Trainspoting va a tener odas de admiración por su aspecto  de falso vintage. Yo mismo me emocioné por la suerte de Spud y Rent en unas líneas dramáticas pobremente delimitadas. 


También cabe resaltar ciertas resonancias juanrulfescas del personaje de Spud, viendo pasar el fantasma de sus amigos, corriendo a toda velocidad por las calles adoquinadas. Considero que ese sólo gesto paga la boleta. Una sutileza sólo para iniciados. Un fantasma viendo pasar a sus propios fantasmas.

 Quién más fantasma que un escritor incipiente. Spud, definitivamente se lleva todos los aplausos. El protagonista de Trainspoting 2 no es Rent, es Spud.  No es el personaje mejor logrado, tampoco el más fuerte, ni el más trabajado, pero sí el más enternecedor. El universo  según Spud. La vida, el amor y la amistad según Spud. En eco. Con ese efecto Cathedral que traen los software de Final Cut para filtrar ciertos audios y dar ese aspecto sugestivo y misterioso que da el paso de la realidad a los sueños, de la vida a la muerte. Spud sobrevive, entonces, a otro suicidio. Es el epítome del regreso a los orígenes por excelencia. Quienes tenemos el privilegio de tener una ciudad, ese Comala adonde volver, estaremos enfrentados a ecos fantasmales de una admiración que espanta. Tal como le pasó a Spud en su propio Comala personal. 
¿Cómo puede una cinta tan mala, tener guiños tan magistrales como el anterior? Por solo 30 segundos, Trainspoting se convierte en un canto épico de milonga porteña, la nostalgia gaucha de un Carlos Gardel visitando las nieves del tiempo.

Es acaso la saga Trainspoting un adecuado malabar de edición y montaje.

Puro formalismo insulso de una cultura destrozada por la estética de MTV.  I´ts only rock and roll, but I don´t like it anymore, not like that, and not in my backyard.

 El buen cine no necesita de esas cosas, me dice un profe de la U, al que hice salir de la fila, uno que está haciendo un doctorado en Cronistas de Indias, algo grosso, en verdad importante:

YO:  - Y ¿vos qué hacés haciendo fila pa esta película?

ÉL:  - ¿Es muy mala?

YO:  - Es cine epidérmico, cero profundidad. Pura comida chatarra para la mente. Un festival de pirotecnia.

ÉL: - Uy, no: yo me voy a ver qué están dando en la Cámara de Comercio, el buen cine no necesita de artificios, de esas cosas.

Si Rodrigo D fue un pedazo de chicharrón crudo, (que un punkero podrido de Aranjuez llegó a comerse a las 2 de la mañana), Trainspoting 2 es una malteada de fresas en el Burger King más chichipato de Brooklyn, el pedazo de pescado más escamoso en los bajos fondos de Long Island City.  

Icónicas, ambas películas en cualquier caso, las dos. Pero el rock ya era estandarte y estupidez antes. El pop lo es más. Así es: como relato generacional somos una mierda. 

Así, negar a Trainspoting, es negar también a un montón de gente. Un montón de gente y sucesos y sentimientos que no debieron ser en tu vida. Es negar una generación que nunca debió de ocurrir, pero que existió. Un desvío de la historia para mal. 

Negar a Trainspoting es negar un montón de almas que te la recomendaron, es negar cierto tipo de literatura y de visión de la vida. En los estertores de un mundo en ruinas, nada mejor que relatar la periferia, el outsider.  Qué patéticos se vuelven nuestros personajes. 

Se le abona a la cinta el pagar una deuda histórica con The Clash y Blondie, dos bandas que no debieron faltar en la primera parte, en el Trainspoting de los 90. Yo también hubiera hecho una segunda parte, nada más que para pedir perdón por los datos musicales omisos.

Los primeros 5 minutos de la película son magistrales. (Pare de contar). A mí me los arruinaron un par de novios
de esos que suelen ir al Colombo y que no paran de hablar.


Ahora, es hora de darle la razón al gran crítico de cine, Pedro Adrián Zuluaga, cuando una mañana fría de Juguitos, en la Universidad de Antioquia, me dijo: ese Dany Boyle es pura bazofia.